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Paseo del Real Madrid a la final de la Supercopa (3-1)

El Madrid estirará la semana en Yeda para intentar el domingo ganar el primer título de la temporada. Siempre hambriento en estas citas, cuando un trofeo espera en la banda, los blancos van a intentar aprovechar la ocasión de la renovada Supercopa. No fueron campeones ni subcampeones en la Liga ni en la Copa, como sus rivales han recordado estos días, pero poco les importa. Están en la final, donde seguro encontrarán más competencia.

El Madrid facturó el pase sin necesitar un chorro de adrenalina. Le bastó con imponer su calidad al Valencia, poquita cosa desde el comienzo. A los dos les costaba horrores disimular su pereza en un escenario insólito, con poco interés en hacerse daño, casi con ritmo de amistoso. Bien parecía un duelo de la Copa Audi de finales de julio. A una temperatura ideal y en un estadio llamativo, el balón circulaba a baja velocidad, dominado por el poblado centro del campo que diseñó Zidane.

Le dio una vuelta al sistema colocando cinco hombres en la medular, con Jovic descolgado arriba. Poco queda del famoso 4-3-3, con la BBC al frente. Ahora, una vez que ha entendido que su dinamita en la delantera es justa, quiere que su equipo mande desde la posesión. Un rondo gigante montó el Madrid en la primera parte ante un Valencia contemplativo. Parejo la veía pasar como en partido de tenis y Gameiro, el hombre, se agotaba en presionar a su aire. Tuvo un disparo suelto para empatar, pero la mandó muy arriba.

La media entrada del estadio de Yeda tenía más ganas de emociones que los equipos. Sólo así se explica el júbilo que se desató en el primer medio regate de Mendy. Hasta el francés se sorprendió, mientras la grada gritaba Marcelo, Marcelo. No se sabe si por confusión o porque realmente querían animar al brasileño, suplente anoche. Éste, por si acaso, asomó del banquillo a saludar. El tono disparatado general se completaba con el intento de tablao flamenco, con músicos locales, que en la zona vip tocaban rumba en un castellano macarrónico. La amabilidad del personal, la sonrisa de las pocas mujeres presentes y los cánticos madridistas con acento árabe (hasta el Cómo no te voy a querer) enternecían la primera semifinal de la nueva Supercopa. Si el amago de Mendy disparó la euforia, el lector se puede imaginar lo que fue el 1-0, firmado por Toni Kroos desde el córner.

Domenech, meta valencianista, le puso rostro a la empanada de su equipo abriéndole la puerta al alemán. Andaba colocando a la zaga, cuando el madridista sacó rápido al primer palo. Pilló por sorpresa a las gradas y, por lo que cuentan, también al realizador televisivo. La repetición mostró la ejecución de una suerte futbolística tan rara como vistosa, propia de este folclórico torneo. Igual que Aragón marcando desde el centro del campo a Zubizarreta, como recordó el otro día en estas páginas el compañero Viñas.

El gol terminó de echar de la noche al Valencia, sin ofrecer más que un par de arreones de Wass y Gayá por la bandas el tiro malo de Gameiro. No tardó en confirmar su gobierno el equipo de Zidane, esta vez en un a jugada bien trenzada por la derecha. Carvajal se la echó al espacio a Valverde, tan poderoso en su zancada, y Modric remató la asistencia del uruguayo. Su rechace fue a Isco, preciso para ajustar el remate. La incorporación ofensiva del malagueño es urgente e importante para los blancos. Con el pase amarrado y sin señales de que el Valencia fuera a subirse a la disputa en algún momento, quedó una cita abierta en la segunda parte, de vainilla, con el Madrid comodísimo y Zidane dando minutos a olvidados como James y Mariano. Modric redondeó con un elegante golpeo con el exterior y hasta apareció el VAR en el 3-1, como fiera de circo para los espectadores.

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