• Idiscan
  • Artur Tatoo: Banner

El Zaragoza se hunde ante un Rayo ambicioso (2-4)

De nuevo se esfuma la opción de auparse a la pugna por el ascenso directo y el destino de un flojo equipo zaragocista, física y técnicamente, parece ser la Promoción.

No cesa el agujero negro de La Romareda desierta de público para el Real Zaragoza. En la noche de este lunes, el Rayo Vallecano fue el cuarto visitante seguido que se llevó la victoria en este fútbol de mentira con el que se está rematando la liga suspendida por el coronavirus en marzo. Ganaron 2-4 los de Vallecas, como antes lo hicieran Alcorcón, Almería y Huesca. Así, obviamente, es imposible certificar un ascenso a Primera División. El fútbol no consiste en hablar, en desear en voz alta, en mirar hacia otro lado cuando la realidad aprieta. La defensa del equipo es un boquete, el juego no fluye del centro del campo y, arriba, no se da miedo a nadie. Así, un día tras otro. Y el equipo de Víctor Fernández está rebasado por los acontecimientos, camino de jugarse el destino en una Promoción que, jugando así, es una quimera.

Y eso que el partido empezó con buenas sensaciones para los zaragocistas, bien plantados en el campo y con energías aparentes que, además, se tradujeron en el 1-0 en la primera llegada al área madrileña. Una falta frontal fue colgada por Eguaras, la cabeceó en un extraño escorzo Puado e hizo de asistencia para que Atienza, a la media vuelta, colocara el balón por alto, cercano a la escuadra derecha, en las redes rayistas. Mejor imposible. No se podía pedir más en un día de tanta responsabilidad. El Rayo había avisado en la primera jugada de sus intenciones, con un cabezazo de Yacine fallido en posición de gol. Paco Jémez, su osado técnico, había preparado una alineación con cinco jugadores vocacionalmente delanteros, incluido Trejo, metido como medio centro organizador. El argentino, precisamente, probó con una vaselina en el minuto 8, desde 40 metros, que se marchó alta por poco.

El Real Zaragoza tenía gas físico a esas alturas del duelo y fabricó un segundo gol, anotado por Puado en un mano a mano en el que partió en fuera de juego por milímetros. El VAR, esta vez, tiró la línea bien para dejar el 2-0 de los aragoneses en una frustración. El partido era de ida y vuelta y, poco a poco, los franjirrojos iban ganando enteros con la pelota en los pies. Aun así, la siguiente ocasión volvió a ser blanquilla, en botas de Torres en el minuto 20, que empalmó en carrera un balón retrasado al borde del área por Linares en una contra rápida, pero el disparo se le marchó a las nubes por mal cálculo en el golpeo franco.

Hasta ahí existió el juego combinativo de los de Víctor Fernández. Los tres centrocampistas, Eguaras, Guti y Torres, empezaron a dar muestras de fatiga. Fácilmente rebasables en labores defensivas por ausencia de reprís, tampoco lograban hilvanar una acción de tres pases con Burgui (mejor que nunca), Puado (el más brillante) o el punta Linares, sustituto del ausente goleador Luis Suárez, sancionado. El Rayo creció desde la medular y, cada vez que robaba una pelota, que era a menudo, se presentaba en el área de Cristian Álvarez con seis futbolistas al galope. Villar, en el minuto 33, rozó el empate con un cabezazo parabólico que el portero argentino salvó en un paradón de órdago, volando literalmente hacia atrás. Los últimos 20 minutos de la primera mitad fueron un agobio constante del Rayo sobre el área aragonesa. Se vio venir desde tiempo atrás el 1-1 que acabaría llegando en el tiempo de aumento (ya el 47), por medio del activo Villar, al recoger un balón centrado en el segundo palo y voleando con potencia por arriba.

Eso sí, para el largo listado de agravios arbitrales que está padeciendo el Real Zaragoza este curso, en el minuto 40 quedó patente un error monumental del riojano Ocón Arráiz, que perdonó la segunda amarilla, y por ello la expulsión, a Mario Suárez. El pivote madrileño derribó por detrás a Burgui al borde del área vallecana, una falta punible a todas luces. Increíble la manga ancha del árbitro de turno.

El descanso llegó con la clara observación de que Guti no estaba con gasolina, de que Torres también andaba asfixiado prematuramente y de que Eguaras era insuficiente para gobernar una línea media donde los del Rayo eran cohetes para los diésel zaragocistas. Víctor tenía ahí el problema, serio, que le partía el equipo en dos. La defensa sufría en las acometidas visitantes y los de arriba, con Burgui enchufado y Puado muy recuperado, no encontraban jamás balones potables que llevar cerca de Dimitrievski. Reparar esta cuestión, si eso era posible, tenía la clave de una posible revitalización del Zaragoza en el marcador. Mucha incertidumbre en el periodo de refrigerio.

Al inicio del segundo periodo, Jémez metió en danza al lateral largo Advíncula y, sobre todo, anduvo listo al retirar a Mario Suárez sabedor de que estaba en el campo de regalo. Lo relevó Óscar Valentín. En el Real Zaragoza, Víctor no movió fichas todavía. El Rayo comenzó como un tiro, aprovechando el viento de cola de su empate postrero antes del descanso. De Frutos y Álvaro García, sus extremos, eran dos puñales llenos de cicuta para la zaga local. Y no tardó en llegar la remontada, con otro tanto de Villar en el 50, tras un jugadón del citado De Frutos, que se comió a Nieto permanentemente.

El 1-2 dejaba al Real Zaragoza herido de muerte. Víctor metió a Soro en vez de Torres para intentar voltear la tendencia, que era la peor. Hacía falta un nuevo milagro, de esos que los blanquillos no están encontrando en esta reanudación de la competición. Lejos de surgir la reacción, llegó el hundimiento súbito. Un error monumental de Atienza siendo el último hombre le regaló el balón a Álvaro García para que, tras un quiebro, batiera raso y cruzado a Cristian Álvarez. 1-3 y más de media hora por delante. Con el Rayo crecido y el Zaragoza cayendo abatido y con goleada de nuevo en campo propio, cuatro derrotas en cuatro duelos en La Romareda vacía. Una catástrofe impensada antes del parón en marzo.

En el minuto 58, Puado penetró en el área con el balón controlado pero, en vez de pensar en dispar a puerta, esperó que le hicieran penalti y no hubo remate alguno. Ahí pudo recortar distancias y meterse en el partido el Zaragoza. No fue posible en esa acción, pero sí en la siguiente, de nuevo con Puado como autor de la culminación, en este caso de un pase al espacio de Guti. El 2-3, en el minuto 60, lo logró el catalán superando con clase por encima al portero Dimitrievski en un mano a mano perfecto. La defensa rayista era un flan, pese a llevar un marcador tan favorable. Tanto era así que Soro, en el 63, disparó desde la corona del área un balón que bien pudo haber sido el empate a tres.

A continuación, Ocón perdonó otra roja al Rayo. En este caso, a Advíncula, que agredió sin balón a Burgui en un desmarque. El cuarto árbitro le advirtió, pues él no lo vio. Incomprensiblemente, solo le mostró la amarilla al internacional peruano. Era el minuto 64 y de nuevo el Zaragoza quedaba perjudicado por una decisión disciplinaria del juez riojano. Como ya es costumbre, el reloj empezó a correr como un obús. Y se llegó al

último cuarto de hora sin que el equipo de Víctor lograse apretar lo suficiente. Era todo más intención que realidad. Delmás y Blanco refrescaron el equipo, sin efectos inmediatos. Para los últimos 10 minutos, Paco Jémez reforzó la defensa con Velázquez y taponó los espacios aún más a un Zaragoza sin clarividencia alguna. Tenía la pelota, pero sin saber qué hacer con ella.

Los rayistas perdieron el tiempo con descaro en esa recta final del partido, con la connivencia de Ocón y con la desesperación blanquilla, que protestó y vio tarjetas con impotencia. El tiempo de aumento fue de solo 5 minutos. Simplemente inadmisible. No se jugó nada de nada. Durante largo tiempo el partido fue una tertulia con el árbitro como ponente. Algo indigno para el fútbol profesional. De ese desquiciamiento zaragocista surgió el 2-4 definitivo para el Rayo, anotado por Trejo de cabeza a puerta vacía tras una parada de Cristian Álvarez ante Isi Palazón. Era el minuto 83, el corolario a un nuevo desastre blanquillo en su estadio, el cuarto encadenado en una pesadilla sin precedentes históricos.

Una nueva oportunidad perdida para optar al ascenso directo. Otro golpe bajo de insondables consecuencias futuras. Por encima de marcadores y clasificaciones, lo que resulta evidente es que este Real Zaragoza es una caricatura de sí mismo, alejado millones de kilómetros de aquel equipo invicto que se fue al confinamiento en marzo. La liga de mentira lleva camino de pasar a la historia como algo funesto para los intereses zaragocistas. Parece que su destino es jugar la Promoción. Y, viendo cada día el nivel físico y técnico del equipo de Víctor Fernández, el optimismo y la esperanza no aparecen en el catálogo de sustantivos a manejar dentro y fuera del vestuario. Es la realidad y no sirve de nada esconderla. Una encrucijada de difícil solución.

Noticia: Heraldo

¿Te gusta este artículo? Compártelo
  • Banner noticia interna inferior Canarias7
Comentarios

Sin comentarios

Nuevo comentario
Volver a inicio